jueves, 4 de julio de 2013

La Bebida de los Hombres - Parte 2

Francisco apuró su café. Tenía que seguir con la investigación (o eso es lo que él se repetía a sí mismo) y no quería quedarse más de lo necesario en Las Magdalenas. Lo habían recibido mejor de lo que esperaba, dadas las circunstancias...Y no deseaba crearle a la gente falsas expectativas. La verdad es que no había ninguna pista ni explicación sobre los crímenes cometidos. Luego de varios días y semanas en algunos casos, los cuerpos habían sido movidos, velados y enterrados. Las escenas de los crímenes habían sido más que alteradas o ya no existían para entonces. ¿Cómo podía conducir una investigación así?...¿Por qué lo habían mandado a él?

Siendo totalmente realistas; la autoridad de la capital había respondido por mero compromiso, para no verse demasiado...desobligada o apática. También, siendo francamente realistas, al mandarlo a él enviaban otro mensaje al mismo tiempo: "Arreglenselas como puedan!".

martes, 18 de junio de 2013

El Vendedor de Estrellas

Me situé justo enfrente de la puerta y toqué el timbre como debía de hacer. Una armoniosa sucesión de alegres sonidos se escuchó en el interior del departamento 1323...Y durante el siguiente minuto estuve muy tentada a abandonar la locura que me había llevado hasta ahí y regresar a casa de la Abuela para reclamarle por sus disparatadas y lunáticas historias.
Hasta una niña de 9 años como yo sabe cuando un adulto de muy avanzada edad te está contando fantasías sin fundamento ni moraleja; prosa descuidada y salpicada de anécdotas difusas; historias perdidas y alteradas por excentricidades y opiniones sobre lo que "debería ser", en lugar de "lo que fue realmente".

Yo me iba a marchar cuando la puerta se abrió y un señor mayor envuelto en una colorida bata salió a atender el llamado. Lo primero que hizo fue buscar en todas direcciones al responsable de haberlo sacado de la cama (quizá). Sus ojos viejos y cansados no tuvieron éxito en tal objetivo pues yo me encontraba bastante más abajo de su línea de vista...De manera que tuve que carraspear para anunciar que me encontraba ahí; varios centímetros abajo de lo que cabía esperar.

jueves, 16 de mayo de 2013

El Adefesio y las Locas


Mauro y Julio eran dos locas sentadas en su cómodo carrito de golf, paseando campantes por una de las colinas del campo "Tres Marías" cuando de pronto vieron a un sujeto bajito de gorro color verde (súper, súper mayate!) salirles al paso y decididamente interrumpirles la diversión. Los carros se detuvieron de manera abrupta tan solo a unos centímetros del bajito, quien de inmediato les increpó:

- Alto, locas!...¿Qué nadie les explicó el reglamento del club?

Los sujetos se miraron el uno al otro y con afán de burla, comenzaron a reírse y a negar con sus rapadas cabecitas lo cómico e imposible de la situación. No podían entender cómo es que un sujeto así los hubiera detenido. Era sumamente ridículo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Auto-Destrucción


El autómata lo ayudó a pulsar los botones que activaban la última secuencia, y así, todo fue consumado en tan sólo un par de minutos.
El frío sideral que imperaba fuera del cristal transparente era repelido todavía por finísimas venas de aire cálido inyectado. Los instrumentos señalaban un remanente de energía del 20%. Suficiente...Pensaba él.

La cápsula alargada de color platino se deslizaba hacia el exterior del complejo. Auto-sustentada por su propia energía y con un rumbo ya previamente calculado.
Duró apenas unos cuantos segundos suspendida en el espacio; ya estaba fuera de su alcance. Jamás la volvería a ver. Tantos recuerdos y tantas memorias dejadas bajo el cobijo de circuitos indiferentes; simulaciones de una conciencia que no era la de él...Palabras grabadas en tiempos lejanos; emociones congeladas que ahora lastimaban igual que en el pasado, si no es que más.

viernes, 26 de abril de 2013

La Receta Perfecta - Parte 1


Les juro que yo sólo iba al dentista. Sólo a eso...Y terminé asociándome con el hombre del sombrero. Y se puede decir que mi vida se descompuso totalmente, a partir de ese momento.
Pero veamos, todo comenzó cuando yo iba yo a una simple limpieza dental. Llegué a tiempo a mi cita, un Sábado como cualquier otro, a las 10 de la mañana. Me encontraba esperando que la Doctora Domínguez se desocupara; recuerdo que jugaba con mi celular cuando una curiosa y ajena conversación comenzó a colarse por mi oído izquierdo (mi oído espía, como solían decirme algunos de mis conocidos)...

- Así es, amiga. Debes ir inmediatamente con él. A mi me curó por completo.
- ¿Pero cómo te curó?, ¿qué tipo de tratamiento te dió?
- No te puedo decir, lo único que sé es que a partir de que lo vi, yo dejé de ver insectos recorriendo las caras de las personas.

¿Qué?...Yo...Yo también padecía de aquella situación rara. Nunca lo había admitido ante nadie ni lo había revelado a ninguna persona. Era algo que aunque no me sucedía muy a menudo, era sumamente perturbador cuando ocurría. Era algo que mantenía como el mayor de mis secretos.
Yo había llegado al punto en que no le daba ya demasiada importancia. Muchas veces me había atrevido a tocar los rostros de esas personas; traté de agarrar o sacudir aquellos bichos repugnantes que les veía en los rostros, pero...En cuanto tocaba la cara de la persona, todos esos insectos se esfumaban y yo quedaba como un perfecto idiota, en el mejor de los casos.

miércoles, 10 de abril de 2013

El Reloj que no daba las 6


Pasaban de las 5 de la tarde pero a ella le parecían más bien las 9 de la noche. La tormenta cerrada azotaba de forma cruel a la ciudad y oscurecía las calles pobremente transitadas. Se podía decir que la visibilidad era nula y las débiles y apagadas luminarias apenas constituían una pobre referencia de las avenidas, comercios y viviendas alrededor de ella.
Como fuera, a Dania no le importaba demasiado el mojarse "un poco".
A pesar de que su grueso impermeable la protegía hasta cierto punto, poca cosa podía hacer contra el agua que de repente le llegaba por los costados, al combinarse el frío chaparral con vientos moderadamente rápidos provenientes a veces de su izquierda, a veces de su derecha, tan cambiantes como su estado de ánimo últimamente.
Tenía frío en sus piernas semi-descubiertas y el rostro empapado, pero su determinación era tal que todo lo demás le importaba poco menos que un cacahuate tirado en el sucio piso de concreto mojado.

Reconoció las grandes y desgastadas letras de neón, brillando a través de la cortina de agua que cubría todo. Apuró el paso y al minuto se encontraba en el vestíbulo, chorreando litros de agua, ante la mirada desangelada de la recepcionista del café...A quién parecía que nada le devolvería el buen humor que supuestamente debía tener al recibir a un cliente, ni siquiera ante la imagen desventurada (y empapada) de la recién llegada. Aunque quizá no era de esas que solían burlarse de la desgracia ajena.
Definitivamente, esa recepcionista era nueva. Nunca la había visto antes en el café y eso en sí constituía una mala señal para Dania.

- Me están esperando...Si es tan amable de permitirme entrar...
- Claro que sí - contestó la recepcionista - Reconoce a su acompañante en alguna mesa?

Dania tardó medio segundo en localizarlo. Se encontraba a tres mesas de distancia y totalmente absorto en su bebida. Jordan no se había percatado de que ya había llegado...o quizá le daba igual.

martes, 2 de abril de 2013

Kolominoides


Él estaba bastante ebrio, con la mejilla sobre la plana superficie de la mesa, pero igual los escuchaba departir y discutir sobre cualquier trivialidad que se les ocurría. El alto y de barbilla deformada decía que ya no hacían poemas como los que a él le gustaban; el Filipino con acento inglés y gruesos bigotes rubios contestaba que el último libro de poesía que había adquirido era una basura, con excepción de unos versillos que hablaban sobre los curiosos Kolominoides.
¿Qué era eso?, preguntaban, mientras a él le importaban un bledo. Lo único que quería realmente era que lo llevaran a casa o al mingitorio más cercano para deshacerse decorosamente de todo lo que pugnaba por abandonar su cuerpo.
Cada vez que sus párpados comenzaban a cerrarse, algún voluntarioso y acomedido le propinaba un codazo en su costado, generando con ello risas y más sacudidas de las que normalmente aceptaría en una situación como en la que estaba. Él abría los ojos de nuevo e irremediablemente escuchaba una nueva alegata de parte de sus carismáticos compañeros.