miércoles, 15 de mayo de 2013
Auto-Destrucción
El autómata lo ayudó a pulsar los botones que activaban la última secuencia, y así, todo fue consumado en tan sólo un par de minutos.
El frío sideral que imperaba fuera del cristal transparente era repelido todavía por finísimas venas de aire cálido inyectado. Los instrumentos señalaban un remanente de energía del 20%. Suficiente...Pensaba él.
La cápsula alargada de color platino se deslizaba hacia el exterior del complejo. Auto-sustentada por su propia energía y con un rumbo ya previamente calculado.
Duró apenas unos cuantos segundos suspendida en el espacio; ya estaba fuera de su alcance. Jamás la volvería a ver. Tantos recuerdos y tantas memorias dejadas bajo el cobijo de circuitos indiferentes; simulaciones de una conciencia que no era la de él...Palabras grabadas en tiempos lejanos; emociones congeladas que ahora lastimaban igual que en el pasado, si no es que más.
viernes, 26 de abril de 2013
La Receta Perfecta - Parte 1
Les juro que yo sólo iba al dentista. Sólo a eso...Y terminé asociándome con el hombre del sombrero. Y se puede decir que mi vida se descompuso totalmente, a partir de ese momento.
Pero veamos, todo comenzó cuando yo iba yo a una simple limpieza dental. Llegué a tiempo a mi cita, un Sábado como cualquier otro, a las 10 de la mañana. Me encontraba esperando que la Doctora Domínguez se desocupara; recuerdo que jugaba con mi celular cuando una curiosa y ajena conversación comenzó a colarse por mi oído izquierdo (mi oído espía, como solían decirme algunos de mis conocidos)...
- Así es, amiga. Debes ir inmediatamente con él. A mi me curó por completo.
- ¿Pero cómo te curó?, ¿qué tipo de tratamiento te dió?
- No te puedo decir, lo único que sé es que a partir de que lo vi, yo dejé de ver insectos recorriendo las caras de las personas.
¿Qué?...Yo...Yo también padecía de aquella situación rara. Nunca lo había admitido ante nadie ni lo había revelado a ninguna persona. Era algo que aunque no me sucedía muy a menudo, era sumamente perturbador cuando ocurría. Era algo que mantenía como el mayor de mis secretos.
Yo había llegado al punto en que no le daba ya demasiada importancia. Muchas veces me había atrevido a tocar los rostros de esas personas; traté de agarrar o sacudir aquellos bichos repugnantes que les veía en los rostros, pero...En cuanto tocaba la cara de la persona, todos esos insectos se esfumaban y yo quedaba como un perfecto idiota, en el mejor de los casos.
miércoles, 10 de abril de 2013
El Reloj que no daba las 6
Pasaban de las 5 de la tarde pero a ella le parecían más bien las 9 de la noche. La tormenta cerrada azotaba de forma cruel a la ciudad y oscurecía las calles pobremente transitadas. Se podía decir que la visibilidad era nula y las débiles y apagadas luminarias apenas constituían una pobre referencia de las avenidas, comercios y viviendas alrededor de ella.
Como fuera, a Dania no le importaba demasiado el mojarse "un poco".
A pesar de que su grueso impermeable la protegía hasta cierto punto, poca cosa podía hacer contra el agua que de repente le llegaba por los costados, al combinarse el frío chaparral con vientos moderadamente rápidos provenientes a veces de su izquierda, a veces de su derecha, tan cambiantes como su estado de ánimo últimamente.
Tenía frío en sus piernas semi-descubiertas y el rostro empapado, pero su determinación era tal que todo lo demás le importaba poco menos que un cacahuate tirado en el sucio piso de concreto mojado.
Reconoció las grandes y desgastadas letras de neón, brillando a través de la cortina de agua que cubría todo. Apuró el paso y al minuto se encontraba en el vestíbulo, chorreando litros de agua, ante la mirada desangelada de la recepcionista del café...A quién parecía que nada le devolvería el buen humor que supuestamente debía tener al recibir a un cliente, ni siquiera ante la imagen desventurada (y empapada) de la recién llegada. Aunque quizá no era de esas que solían burlarse de la desgracia ajena.
Definitivamente, esa recepcionista era nueva. Nunca la había visto antes en el café y eso en sí constituía una mala señal para Dania.
- Me están esperando...Si es tan amable de permitirme entrar...
- Claro que sí - contestó la recepcionista - Reconoce a su acompañante en alguna mesa?
Dania tardó medio segundo en localizarlo. Se encontraba a tres mesas de distancia y totalmente absorto en su bebida. Jordan no se había percatado de que ya había llegado...o quizá le daba igual.
martes, 2 de abril de 2013
Kolominoides
Él estaba bastante ebrio, con la mejilla sobre la plana superficie de la mesa, pero igual los escuchaba departir y discutir sobre cualquier trivialidad que se les ocurría. El alto y de barbilla deformada decía que ya no hacían poemas como los que a él le gustaban; el Filipino con acento inglés y gruesos bigotes rubios contestaba que el último libro de poesía que había adquirido era una basura, con excepción de unos versillos que hablaban sobre los curiosos Kolominoides.
¿Qué era eso?, preguntaban, mientras a él le importaban un bledo. Lo único que quería realmente era que lo llevaran a casa o al mingitorio más cercano para deshacerse decorosamente de todo lo que pugnaba por abandonar su cuerpo.
Cada vez que sus párpados comenzaban a cerrarse, algún voluntarioso y acomedido le propinaba un codazo en su costado, generando con ello risas y más sacudidas de las que normalmente aceptaría en una situación como en la que estaba. Él abría los ojos de nuevo e irremediablemente escuchaba una nueva alegata de parte de sus carismáticos compañeros.
domingo, 24 de marzo de 2013
39 - Parte 2
- Señor Luna, comprendo y recojo su testimonio del caso que nos acaba de relatar, sobre lo acontecido con Patricia Hernández. Me ha dejado con varias inquietudes; sobre todo teniendo otros 37 desafortunados incidentes; muy diferentes entre sí, todos ellos...Por la manera en que se dieron.
- ¿Eso quiere decir que me hará relatarle los 38 "incidentes", como usted les llama?...No olvide que ya le conté sobre uno; el primero.
- No es necesario repasarlos todos. Sólo algunos más; para formarme una mejor opinión sobre su condición. Debo decirle que hasta el momento, sus respuestas me han parecido bastante lúcidas. Parece ser un individuo en control de sus actos...Y emociones. Por lo menos hasta ahora.
- Es que usted no sabe lo que es ser "yo mismo". Yo debería estar hablando con un sacerdote, y no con usted, Alvarez...Pero bueno, esa es una opción que ya intenté en el pasado, sin grandes resultados, debo decir.
- Podríamos hablar sobre el caso de...Natalia León? Ella fue la segunda. ¿La recuerda?, ¿tendría algún inconveniente en que platiquemos sobre ello?
- No, ningún inconveniente. Quizá después de este caso, pueda al menos darme el beneficio de la duda.
- Dígame, ¿cómo la conoció a ella?
viernes, 15 de marzo de 2013
La Bebida de los Hombres - Parte 1
"Tomen y beban todos de Él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados. Hagan esto, en conmemoración mía"...Acababa de decir el Padre Augusto mientras sostenía la reluciente copa dorada por encima de él y en dirección a sus feligreses.
La parroquia se encontraba casi atiborrada de ellos. Una concurrencia muy nutrida para ser la misa de las 8 de la mañana, en la que casi siempre sólo la mitad de las bancas eran ocupadas por los creyentes del pueblo.
Pese a la numerosa multitud, alcanzó a distinguir que Él se encontraba sentado en las primeras butacas, como siempre, desde los últimos 5 o 6 Domingos...Ese desconocido de barba larga y vestimenta humilde, sobre el cual nadie le había podido dar razón.
Era en sí raro porque él permanecía sentado siempre. La gente se levantaba cuando era momento de hacerlo; se arrodillaba...Como en ese momento, en que ofrecía o presentaba la carne y la sangre de Cristo...Pero él no. Siempre se encontraba sentado. ¿Tendría algún impedimento físico?...¿Y cómo era que desaparecía justo al terminar la celebración?...En un par de ocasiones, el Padre Augusto había tratado de seguirlo, pero lo perdía al instante. No, ese sujeto podía caminar, y lo hacía muy rápido...
lunes, 11 de marzo de 2013
39 - Parte 1
- Licenciado Alvarez. Me habían contado que vendría a verme, pero no pensé que fuera tan pronto. Supongo que deben de tener alguna prisa para emitir la sentencia.
- Señor Luna. Un placer...¿Cómo lo han tratado?
- Pues...No me dejan salir...Fuera de eso, creo que han muy sido decentes. Hasta ahora.
- Entiendo. Señor Luna, leí su perfil y estoy al tanto de todos los detalles. Sé que sus abogados han alegado...perdón. Han "expresado" que usted padece lo que comúnmente se conoce como "enfermedad de Pick". Un tipo de demencia...
- Sí, me dicen que así se le llama. Y usted ha venido a confirmarlo...o a negarlo, me imagino.
- El Estado me contrató, Señor Luna. Digamos que trataré de entenderlo y...
- Tratará...¿Pero podrá?
- Pondré todos mis recursos y mi experiencia en ello, Señor Luna. Espero contar con su ayuda, por supuesto.
- Claro.
La fría luz por encima de sus cabezas bañaba los rostros y perfilaba los contornos y facciones de ambos sujetos. Andrés Luna aguardaba paciente y correctamente sentado en un extremo de la mesa metálica; mientras que en el otro, el Licenciado Leonel Alvarez acomodaba ordenadamente sus herramientas de trabajo: un bloc de notas (aparentemente nuevo y en blanco), tres lápices, una goma para borrar y un manojo de carpetas que en teoría, contenían información sobre Luna.
- Señor Luna. Un placer...¿Cómo lo han tratado?
- Pues...No me dejan salir...Fuera de eso, creo que han muy sido decentes. Hasta ahora.
- Entiendo. Señor Luna, leí su perfil y estoy al tanto de todos los detalles. Sé que sus abogados han alegado...perdón. Han "expresado" que usted padece lo que comúnmente se conoce como "enfermedad de Pick". Un tipo de demencia...
- Sí, me dicen que así se le llama. Y usted ha venido a confirmarlo...o a negarlo, me imagino.
- El Estado me contrató, Señor Luna. Digamos que trataré de entenderlo y...
- Tratará...¿Pero podrá?
- Pondré todos mis recursos y mi experiencia en ello, Señor Luna. Espero contar con su ayuda, por supuesto.
- Claro.
La fría luz por encima de sus cabezas bañaba los rostros y perfilaba los contornos y facciones de ambos sujetos. Andrés Luna aguardaba paciente y correctamente sentado en un extremo de la mesa metálica; mientras que en el otro, el Licenciado Leonel Alvarez acomodaba ordenadamente sus herramientas de trabajo: un bloc de notas (aparentemente nuevo y en blanco), tres lápices, una goma para borrar y un manojo de carpetas que en teoría, contenían información sobre Luna.
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