Tantos rostros que vio esa mañana.
Llovió un poco, pero fue tan solo una media hora.
Le dio gusto haberse animado a salir a la calle, aún con el clima en contra.
Y al parecer lo mismo pensó toda esa gente que recorrió, junto con él, las baldosas mojadas del centro de la ciudad; admirando las palomas que se posaban sobre la efigie del liberador o sobre la fuente municipal, al igual que los niños de nadie.
Augusta vendía ya su acostumbrada mercancía de plástico de colores vivos; todos aquellos pollitos falsos que él no entendía por qué gustaban tanto, o aquellos aviones con hélices que las criaturas siempre lanzaban al viento pero que al instante se desplomaban. Le maravillaba que a aquellos niños no les importara y que de cualquier forma volvieran a intentarlo, y que sobrevolaran las varas secas de las macetas de ornato, simulando una riesgosa misión suicida en la que el piloto debía de acercarse peligrosamente a las copas de los árboles.